Entre un sueño y una promesa (Segunda Parte)
3
Soy un gran admirador del clima nublado y de las precipitaciones pluviales, incluso de las tormentas eléctricas, a las cuales les temo y les guardo un respeto casi religioso. Se podría decir que soy un amante de la lluvia. El solo hecho de ver nubes grises empezando a cubrir los cielos me llena de una serie de sensaciones que dan pie a una explosión emocional en cadena, todo el placer de lo misterioso recorre cada punto de mi cuerpo y me estremezco al tiempo que el viento predecesor de la caída de las millones de gotas de agua roza mi cara y eleva mi cabello hasta lograr que se aferre a mi cabeza, con las puntas mirando hacia atrás, así como lo hacen las ramas de los árboles. Imagino que soy solo parte del paisaje, como la rama de un árbol, por ejemplo. Permanezco rígido como un objeto sin vida y contemplo el cambio de colores. Primero; el cielo moteado de blanco por nubes que parecen grandes cantidades de algodón manchadas con gris. Segundo; todas esas nubes se conglomeran formando un solo bloque anejo que cubre casi todo el cielo, seguidamente el color se torna de gris a plateado brillante. Tercero; a causa de la luz solar el bloque plateado se matiza de un color morado, donde el carmín combina perfectamente con el azul. Cuarto; la lluvia empieza a repicar sobre la tierra y el paisaje se ve cubierto por un manto de azul y morado, apenas si se advierten las formas de las montañas, árboles, casas, o lo que esté cubierto por las millones de gotas de agua. Quinto; ese manto de lluvia es iluminado intermitentemente por la luz blanquiazul de los relámpagos del cielo que se estrellan con violencia en el suelo empapado de agua y son proseguidos por los retumbantes truenos que hacen vibrar toda materia que se encuentra cerca. Por último, los colores se difuminan y todo se ve opacado por la precipitación pluvial que recorre lentamente un territorio vasto; en ese momento uno está en medio de ese espectáculo de la naturaleza y es acariciado por las gélidas porciones de agua que terminan empapando todo el cuerpo.
Así que ese día era muy confuso, porque se entremezclaban sensaciones sublimes y sensaciones de horror, de tristeza, de alegría; en fin, todas las sensaciones juntas. Era un día distinto a la última mitad de década: era la primera vez que la noche anterior no soñara con ese sueño y en lugar de él soñara con ella, tratando de encontrarla y decirle que no se preocupara de nada, fue un sueño muy confuso.
Ese día mi pensamiento había amanecido concentrado en una sola persona: Helen. Resalto este hecho porque la mayor parte del tiempo permanecía durante horas asimilando que durante la noche anterior, lo que había sucedido se trataba solo de un sueño. Este día, particularmente, había imaginado un retrato de ella, un recuerdo imperecedero. Su mirada impasible, como si no existiera nadie más en el mundo, solo ella. Su frente se veía impecable, sin un lunar sobre ella; a pesar de que los tenía en otras partes del rostro; sobre ella, caían ligeramente dos mechones de cabello encorvados que apuntaban hacia el centro de su nariz. El cabello, de color negro, lo tenía liso y brillante como si lo hubieran bruñido, estaba dividido sencillamente por una línea al centro; ésta hacía que los miles de cabellos cayeran a izquierda o a derecha de su cabeza, hasta posarse en los hombros. En la parte opuesta a su rostro caía como agua hasta llegar a sus omóplatos y brillaba con la luz del atardecer, cubriendo sus orejas y parte de su rostro. Sus ojos, color marrón, estaban algo vidriosos y me recordaban mucho a la lluvia. Sus pestañas se elevaban oblicuamente hacia el cielo. Sus pómulos eran algo pronunciados y sus mejillas tenían algo de rubor natural, que era casi imperceptible a causa del tono cobrizo de su tez. Sus labios eran relativamente pequeños, se veían provocativos, estaban ligeramente pintados con algún tipo de lápiz labial sofisticado. Sobre ellos, se elevaba su nariz algo respingona. Su barbilla era poco pronunciada y concordaba con el resto de su semblante. Su cuello se veía terso y muy delicado. Así era ella; todo en su imagen me transportaba a un cielo a punto de precipitarse hacia el vacío.
Creía que ese cuadro mental era producto de mis recuerdos; porque así se veía cuando salía a alguna reunión con sus amigos o cuando tenía compromisos formales, lo sé porque la acompañé a varios eventos de ese tipo. Pero, había algo que no concordaba con su expresión; ella era una persona que siempre denotaba alegría, a pesar de que estuviese pasando por momentos difíciles. Y la expresión del cuadro mental permanecía en un lugar intermedio entre la tristeza y la adustez. Era como si al mismo tiempo me pidiera ayuda y me regañara. A pesar de ello se veía preciosa. Lo pensé durante un par de horas, aprovechando que ese día me había levantado muy de madrugada, pero no logré comprender esa imagen y menos aún la expresión de Helen. Tenía la impresión de que lo averiguaría muy pronto.
4
El sueño.
Todo empezó hace cinco años. Corría el mes de octubre, por esta región –el altiplano sudamericano- ya se empieza a conformar un clima propicio para la temporada de lluvias que empiezan en noviembre y se prolongan hasta el mes del marzo del siguiente año. Pero había notado algo diferente en todo cuanto me rodeaba, era como si personas imaginarias me dieran la espalda y se negaran a dirigirme la palabra; estaba solo, me sentía así. Ya habían transcurrido dos años desde que Helen terminó su relación conmigo; dos años de no sentir el perfume de su presencia, de no hablar y reír con alguien, de no salir a caminar por las calles de la ciudad, de no sentirme querido. Debo agregar que mi padre murió en un accidente automovilístico cuando yo era un recién nacido y mi madre murió al darme a luz; me crió una tía que murió hace diez años; pero creo que lo menciono solo para expresar mi “soledad” aparente, mi sensación de no ser querido por nadie; aunque desapareciera por lapsos de tiempo muy grandes.
Bueno, fue una noche en la que me encontraba muy agotado. Llegué a mi casa, ubicada en la ciudad contigua a la que vivía Helen, me quité el único abrigo grueso que tenía y lo tiré sobre una silla que estaba al lado de mi cama. Me dirigí a la cocina, a través del patio, y puse a calentar aproximadamente unos dos litros de agua; cuando ésta hirvió la vacié en una botella de coca – cola de plástico y la aseguré con su diminuta tapa roja. La llevé conmigo al dormitorio y la puse, debajo de las frazadas (cuatro, por cierto) a la altura de los pies; me cambié de ropa y me vestí con un par de chompas de lana y otro de pantalones deportivos; puse el despertador de mi reloj a las seis de la mañana y apagué la luz antes de acostarme. Era mi rutina hacía un año.
La negrura se fue difuminando y de pronto me vi parado en el centro de la ciudad donde vive Helen, al lado del obelisco que señala hacia el cielo; el cielo, dividido en dos realidades totalmente opuestas, aunque inseparables: el día y la noche, lo que todos consideran un día precioso y lo que yo considero un día maravilloso, el cálido firmamento soleado y el inextricable cielo azul grisáceo. No sabía exactamente qué es lo que hacía allí, pero mi cuerpo me obligó a avanzar hacia la zona sur de la ciudad. Lo que ocurrió luego, fue inexplicable; había un accidente de tránsito al final de la avenida que alberga una gran cantidad de caminos hacia el sur de la ciudad, todos miraban el accidente pero no advertían lo más extraño de la escena: que el agua de la lluvia, que cubría la parte sur de la ciudad, empezaba a correr en sentido contrario. No me detuve, continué con mi camino, sabía que a esa hora –entre las seis y las siete de la tarde- Helen se encontraba estudiando su postgrado en un edificio que quedaba a dos calles de ese lugar. La gente caminaba apresuradamente de un lado a otro, casi no transitaban automóviles por las calles y avenidas. Advertí que se empezaban a oír las sirenas de las ambulancias y autos de la policía; hasta donde la vista me permitía apreciar vi cómo la energía eléctrica se cortaba en media ciudad y se oyó un retumbar de aguas que hizo vibrar el pavimento de la calle sobre la que me encontraba caminando. Fue entonces que empecé a correr desesperadamente, porque sabía que no contaba con el tiempo necesario para salvarla.
Llegué hasta la puerta principal del edifico, que tenía unos 15 pisos de altura, y la calle empezó a temblar; la lluvia se intensificó y de un momento a otro me encontraba totalmente empapado y tendido sobre el pavimento. Miré hacia el cielo y vi que algunos restos del edificio caían a mí alrededor; me hice a un lado rodando sobre mi cuerpo como una botella y permanecí unos segundos bajo el umbral de la puerta de vidrio, temiendo por una catástrofe inminente. Pasaron unos segundos y decidí subir hasta el piso 3, donde estaría Helen; en ese instante las luces se apagaron y todo el hall quedó ensombrecido. Utilicé las escaleras y me las arreglé para mantenerme en pie, porque el temblor aún persistía y un montón de personas corrían desesperadas hacia la salida del edificio; llegué hasta el hall del tercer piso y advertí que el salón donde estaría ella estaba cerrado, me aproximé y escuché un montón de golpes que provenían desde adentro; las personas estaban atrapadas porque parte del umbral había cedido y una columna de concreto cerraba el paso, por dentro, por lo menos eso oí al preguntar cómo estaban ahí adentro. Lo único que atiné a decir fue: ¿está Helen ahí adentro?; oí su voz diciéndome: - Ayúdanos, por favor.
Empecé a buscar algún objeto duro que pudiera utilizar para romper la puerta. Al fin, encontré un extintor de metal, lo levanté y con él golpeé la puerta hasta conseguir mi objetivo. Desde adentro, un par de hombres me ayudaron con lo que tenían al alcance; logramos abrir un boquete de unos 45cm de diámetro, por donde salieron, primero las mujeres y después los hombres, todos con un semblante de horror. Cuando Helen salió me miró para agradecerme y un relámpago iluminó el lugar; entonces, se dio cuenta de que era yo; se lanzó a mis brazos y se echó a llorar, podía sentir el calor de sus lágrimas en mi pecho mojado. El temblor de la tierra había disminuido y se oían gritos afuera, ya casi no había gente en el edificio, Helen y yo bajamos por las escaleras hasta el segundo piso; en ese preciso momento se oyó un estruendo sobrenatural y el techo del edificio se precipitó como si fuera de papel. Perdí el conocimiento durante un instante y luego me incorporé para buscarla; ella estaba muy asustada y no podía articular ni una palabra. Nos abrimos paso entre los escombros y pudimos salir de lo que quedaba del edificio. Afuera, el panorama no era mucho mejor, la tierra continuaba temblando y la tormenta arreciaba, como si odiara a aquella ciudad y a todos sus habitantes. Empezamos a correr hacia el norte de la ciudad, tomados de la mano, trastabillando por la vibración de las calles. En ese momento se oyó un rugido que provenía de los cielos y fuimos cegados por una luz increíble, se trataba de la caída de por lo menos 100 relámpagos al mismo tiempo; era como si lo natural se invirtiera, primero el sonido de 100 truenos y luego la luz de los relámpagos, todo era sobrenatural.
Había mucha gente corriendo de un lado a otro. Tuve un mal presentimiento y llevé a Helen a la entrada de un hotel lujoso que estaba cerca del centro; después de unos segundos, los postes de alumbrado público se precipitaron a la calle y los cables hicieron una especie de trampa mortal. Muchas personas fueron aplastadas por los escombros y otras electrocutadas por los cables de alta tensión; fue un espectáculo macabro. Dirigí mi vista hacia la zona sur de la ciudad y vi, con horror, que una riada enorme subía por las calles como si se tratara de una ola inmensa. Evadimos los cables de alta tensión corriendo casi pegados a la pared y logramos llegar al centro de la ciudad. Pero, la riada era tan rápida que nos alcanzó y nos hizo parte de ella; traté de sostener a Helen a mi lado, la tomé de la mano tan fuerte como pude, pero el agua estaba llena de escombros y fuimos separados. Chocamos contra muchas cosas, ya ni recuerdo contra qué exactamente; acopié toda la fuerza que me quedaba y me concentré en salvar a Helen, intenté nadar, pero la corriente sobrepasaba todo sentido común y me sentía muy desconcertado por ello. Una persona se impulsó en mí para asirse de una cabina telefónica y casi me ahogó, tuve que forcejear un momento para liberarme. No lo entiendo aún, pero pude nadar y llegar hasta ella, la llevé hasta un monumento que se encontraba cerca y la recosté en mi regazo, intenté hacerla reaccionar pero no pude; entonces, la recosté sobre un espacio plano y le di respiración de boca a boca y masajes cardiacos, pero no logré reanimarla. Era todo, no podía hacer nada para salvarla. Lloré desconsoladamente y abracé su cuerpo inerte con mucha fuerza, no dejaba de repetir su nombre y temblaba mucho; a causa de la tragedia y por el frió que me recordaba, a instantes, la realidad. Ya era de noche y los temblores culminaron, la tormenta se dirigió hasta la mitad de la zona norte de la ciudad y luego hacia la otra ciudad que se encontraba unos 300 metros sobre el nivel del mar más arriba que la ciudad donde me encontraba –eran como ciudades siamesas, algo curioso-; se oyeron ruidos estentóreos y muchas sirenas de ambulancia, además de gritos opacados súbitamente. Me dejé caer al lado de mi amada y me quedé con ella toda la noche; creí que moriría por efecto de la hipotermia, pero, sorprendentemente, no fue así.
Fue un sueño que terminó por obsesionarme durante cinco años.
5
La promesa.
Conocí a Helen en la universidad, ella estudiaba en la carrera de Antropología, mientras que yo trataba de no estancarme en los primeros años de la carrera de Comunicación Social. Desde la primera vez que la vi supe que me enamoraría de ella; me acerqué a ella durante una fiesta que organizó su carrera, ni bien empezamos a hablar nos dimos cuenta de nuestra compatibilidad como amigos, nos llevábamos muy bien. No entraré en detalles, prefiero no hablar de mis recuerdos sentimentales, iré al grano, le pedí que fuera mi novia un año después de conocernos y ella me dijo que lo pensaría. Después de esperar durante dos días tortuosos, finalmente aceptó mi propuesta y empezamos una etapa maravillosa.
En nuestro primer aniversario le hice una promesa: “…nunca te dejaré sola, estaré a tu lado en los momentos buenos y difíciles, hasta que la muerte nos separe”. Lo recuerdo como si fuera ayer, porque se ha repetido como un eco durante los últimos cinco años. Junto con el sueño, se repite imparablemente hasta obsesionarme.
Al segundo año de noviazgo, las cosas empezaron a cambiar entre nosotros; sobre todo porque según ella yo me estaba convirtiendo en una persona obsesiva y muy distraída, además de aislada. En esa época no le di la razón, ahora si; las discusiones no se dejaron esperar y siempre era lo mismo: yo y mis excentricidades. A pesar de ello la relación sobrevivió; lo que la deterioró y terminó por acabarla fue el hecho de que Helen dejó de amarme, ya saben cómo es eso, a uno lo dejan muy confundido porque le dicen que lo quieren pero no a un nivel mayor, que es imprescindible para conformar una relación de verdad, según la personas que dice ya no querer como antes. Y luego, te dan a elegir entre ser amigos y ya no verse definitivamente, porque posiblemente sea lo mejor para ambos. Bueno, en resumen, fue lo que ella me dijo y terminó conmigo. Elegí la segunda opción y estuve durante un año, encerrado en mi habitación, casi sin comer y durmiendo por horas. Solo salía para pagar la renta al casero.
Bueno, creo que cumplí con esa promesa.
6
Aparté la vista del agua que corría en sentido contrario de lo natural y continué mi carrera. Sabía que no contaba con mucho tiempo. Luego, todo mi sueño se cumplió al pie de la letra. Mucha gente murió, sin embargo no me importa, al fin y al cabo no los conocía; lo que me afectó fue la muerte de Helen. Cuando estuve a su lado, las miles de casas edificadas en las laderas de la ciudad nos observaban como espectadores silenciosos que se limitaban a compadecerse de mi desgracia, en fin, de la desgracia de tanta gente.
7
Transcurrieron dos días desde la tragedia. Tengo los párpados abotagados porque no he dormido lo suficiente. Mi cuerpo está quebrantado y mis esperanzas casi agotadas; pero aún me mantengo en pie, sé que lo lograré, llegaré hasta tocar el agua de las orillas del enorme lago que está situado a unos 100 Km. de la ciudad, aproximadamente. A Helen le encantaban los atardeceres a orillas del gran lago. Aunque estoy a unos minutos de dicho lugar y desciendo lentamente por una de las montañas que lo rodea, me da la impresión de lejanía, aún cuando aprecio los reflejos de la luz del sol en todo el horizonte cubierto por el agua y empiezo a oír el sonido producido por las pequeñas olas moviéndose a disposición del viento de la tarde. No comprendo aún la razón que me llevó a este corto viaje a pie; pero me entra una sensación de duda al respecto, quizá porque realmente sé muy bien el motivo de mi caminata; por ahora prefiero no pensar en aquello.
Me viene a la mente, constantemente, una frase de Agatha Christie, escrita en su relato “Cianuro Espumoso”: “¿qué haré para borrar su recuerdo de mis ojos?”, se repite como el sonido que emite un metrónomo, es imparable. Vuelve, no me deja tranquilo; la siento, la escucho, la veo, creo olvidarla pero se aferra a mi mente, a mi cuerpo. No se trata solo de la frase, ella no viene sola, está acompañada por la imagen de Helen, la última vez que la sostuve en mis brazos. En realidad, nadie puede olvidar en dos días; aunque tal vez no sean solo los últimos días los que debieran entrar en mi conteo mental, probablemente debería preguntarme por los últimos cinco años, tendría que hacerlo –pero no lo hago- porque no es suficiente con atisbar a una puerta ligeramente abierta para ver lo que hay adentro, es mejor dar un portazo, aún cuando esa acción nos lleve o a la muerte o a la locura.
Sé que en unos diez minutos veré el gran lago desde las faldas de la montaña, -que es una imagen muy distinta a la que veo por el momento- regadas de rocas deformadas por el pasar del tiempo, guijarros y sembrada de paja y arbustos típicos del altiplano. Sé que el agua en movimiento irradiará en mis ojos las líneas que dibuja el brillo del sol y eso me producirá un ligero calor y me conducirá, inevitablemente, a derramar unas lágrimas por ella. Sé que la hermosura del lago más alto del mundo bastará para acabar con las pocas fuerzas que me quedan (a causa del hambre y la sed, y sobre todo, a causa de mi tristeza). Sé que un atardecer frente a aquella hermosa inmensidad acuosa podría ser lo último que admire mi mente, a través de mis ojos. Tal vez, me dejaré caer hacia el abismo frente a mí, antes de llegar a la mitad del descenso, y con mis últimas fuerzas tocaré el gélido líquido, sublime líquido que ya no es parte de los espectáculos que brinda la naturaleza en mi mente; tal vez no lo haga.
Dejé atrás dos ciudades hechas añicos por causa de la naturaleza. No me volví ni siquiera para despedirme de mi vida –ni de Helen-; solo caminé hacia este lugar, hacia este majestuoso lago. Sin embargo, oigo una voz que me dice que me calme, que trate de resolver esa pregunta que me hice –gracias a Agatha Christie, o, quizá no-: ¿cómo podré borrar su recuerdo de mis ojos? La voz no me deja en paz, es mi propia voz, sólo que se oye muy fría, muy inhumana; me dice: - ¡Hey!, ¿cómo vas a olvidarla es realmente la pregunta clave?, ¿por qué mejor no te preguntas cuánto tiempo pensaste en cómo olvidarla?, ¿por qué no te preguntas qué hiciste para olvidarla?, ¿por qué no te preguntas por la relación que hay entre los últimos cinco años y lo que ocurrió hace dos días?, ¿por qué no te preguntas desde hace cuánto tiempo te preguntaste cómo borrar su recuerdo de tus ojos; acaso piensas que la primera vez que te lo hiciste fue hace dos días?; será mejor que respondas ahora, sincérate, ¡dilo!, acepta tu realidad, acéptate a ti mismo, acepta que tu inconsciente es el reflejo de tu mente; vamos, no vas a creer que tú no podrías resolver esa pregunta tan sencilla, a esa realidad que te estaba destruyendo diariamente, a esa situación no deseada. Sabía que podrías hacerlo, tú lo sabías también, al fin y al cabo somos uno, soy parte de ti, solo soy una voz que tu propia mente creó para recordarte tu realidad y, por supuesto, parte de tu pasado. Tú me creaste, no pensarás que soy un espíritu o algo así; tú me diseñaste para hablar contigo hoy; lo hiciste hace cinco años, ¿lo recuerdas?; me permitiste vivir este día y me desaparecerás para el día de mañana, así lo pensaste durante cinco años. Tu vida cambió porque tú quisiste que cambiara, nadie intervino en ello, nadie puede modificar tu mente, sólo tú. No permitiré que hagas una locura, no sin antes recordar, para eso me llamaste. Ahora, responde a la pregunta, vamos no me dirás que no sabes nada al respecto - .
- ¿Dddee… qué estás hablando? Yo no…
- Vamos, recuerda, ¡EL SUEÑO!, ¿crees en la repetición casual? Y qué me dices de LA PROMESA, ¿acaso no la cumpliste, aunque influiste en ella?
- Pero….yo…
- ¡Basta!, solo tu puedes hacerlo, siempre supiste que lo harías, que lo resolverías; nunca necesitaste de nadie para llegar a una solución tan importante y seria. Se trataba de tu vida. Tú elegiste llevar esta situación al extremo…
Ahora lo recuerdo, –por supuesto- el sueño…mi mente lo reprodujo durante los últimos cinco años; no fue un aviso, no soy un “profeta”, pero soy el hacedor de mi realidad. Y la promesa…claro que la cumplí, yo la determiné, acabé con ese compromiso verbal y mental. Si no cumplía con mi promesa el sueño no acabaría, el sueño no sería realidad, no resolvería la pregunta: “¿qué haré para borrar su recuerdo de mis ojos?”¡Ja, ja, ja, ja, ja!. Bueno, ¿Acaso no habéis leído en la Biblia: “…si tuviereis fe como un grano de mostaza, diréis a este monte: pásate de aquí allá, y se pasará; y nada os será imposible…”?; y ¿si en lugar de montes hablamos de agua… de lluvia, de riadas a la inversa, de temblores? No soy religioso, pero creo que esa idea no se trata solo de creer y tener fe en Dios, dice mucho más, estoy seguro de que se refiere a lo que asumimos como lo que somos y lo que sentimos. Se trata de la capacidad de nosotros mismos, de nuestra mente, todo lo que podemos realizar, sea bueno o malo para nuestras vidas, la capacidad que solo se consigue en un nivel por demás desconocido por la mayoría de la gente. Ahora lo comprendo, sé que vine a este lugar para acabar de olvidar , para echar al agua todo recuerdo que cubre mis ojos; así como la lluvia cubría como un manto la parte sur de la ciudad donde vivía ella y no me permitía ver hacia adelante, el recuerdo no me dejaría ver el resto de mis días. Oigan, sé que parece una locura; pero ¿quién puede asegurar que yo no estoy loco?, ja, ja, ja, ja, ja…
Creo que lo que me queda por hacer, después de esta bella y triste tarde, es esperar a que llueva de nuevo. Las tormentas son maravillosas pero pasajeras; lo único que nos queda por hacer es esperar, con paciencia, a que el cielo se cubra de nuevo con ese azul grisáceo y empezar a vivir nuevamente, y olvidar…saber cómo olvidar cada lluvia. No he perdido el gusto por las lluvias, a pesar de todo, son parte de mí y yo soy parte de ellas. Me proveerán de las fuerzas necesarias.
Sé que en algún tiempo mis lágrimas serán sustituidas por cada gota fría que se deslice por mi rostro durante un día de lluvia o tormenta y, todo cuanto significa ella habrá desaparecido de mi mente; sé que su muerte será arrojada al olvido en ese abismo de mi mente que la espera con impaciencia. Y, cuando eso suceda, conoceré a otras personas; pero, los sueños regresarán y se cumplirán las promesas. Entonces, me preguntaré nuevamente: cómo olvidar.
Oswaldo Adolfo Condemaita Lázaro. El Alto, febrero de 2006.
Este relato pertenece a la Antología: “Anoche Soñé”.